La discusión contemporánea sobre el desarrollo de un país suele dividirse entre quienes privilegian la estabilidad macroeconómica y quienes enfatizan la redistribución como eje central del bienestar. Sin embargo, la evidencia histórica y la teoría económica coinciden en que no existe bienestar sostenible sin crecimiento económico sostenido.

Pensadores como Joel Mokyr (2016), explican que las naciones que prosperaron lo hicieron porque crearon una cultura que valoraba la innovación y el conocimiento práctico. No fue por suerte, sino por decisión. Esto significa que un país que no invierte en ciencia, tecnología y educación, tarde o temprano se estanca. Y un país estancado no puede generar los empleos, los impuestos ni los servicios que su gente merece. Esta tesis se alinea con los modelos de crecimiento endógeno de Romer y Aghion & Howitt, donde la productividad es la fuente esencial del crecimiento a largo plazo.

Imaginen al gobierno como una familia. Si los ingresos de la familia no crecen, pero las necesidades (salud, pensiones, seguridad, escuelas) sí aumentan, llega un momento en el que los recursos no alcanzan. Así le pasa al Estado.  Un Estado que aspira a financiar salud universal, pensiones dignas, infraestructura y seguridad necesita una base gravable dinámica, no estática.

Autores como Musgrave (1959) y Stiglitz & Rosengard (2015) lo documentan, la suficiencia recaudatoria depende de la expansión del ingreso nacional. Sin crecimiento, la política fiscal se ve forzada a aumentar tasas, reducir deducciones o recurrir a deuda, estrategias que erosionan la legitimidad y la eficiencia del sistema tributario.

En los últimos años, nuestro crecimiento ha sido mínimo, insuficiente para dar oportunidades a los jóvenes que se incorporan al mercado laboral. Para cambiar esto, necesitamos con urgencia establecer reglas claras y estables que generen confianza y atraigan inversión, garantizar la seguridad de todos para que se pueda trabajar y producir sin miedo, y contar con un suministro de energía suficiente y a precios competitivos.

Además, tenemos un reto en la informalidad. Millones de mexicanos trabajan en la informalidad, lo que significa que no pagan impuestos y no tienen acceso a seguridad social. Esto no solo los hace más vulnerables, sino que debilita financieramente al país.

En líneas finales, el bienestar se construye día a día con políticas que fomenten la productividad, la inversión y la innovación. Recuperar una cultura de crecimiento es un deber ético con las próximas generaciones. Necesitamos sentar hoy las bases de una economía que crezca de forma sostenida y compartida.

Es cuánto.

Imagen: De la red.

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