
La economía digital, impulsada por datos y algoritmos, genera valor en formas que la fiscalidad tradicional no puede capturar. Estamos ante una transición histórica, de una recaudación reactiva (que persigue hechos consumados) a una fiscalidad predictiva y adaptativa. Este nuevo paradigma, la Fiscalidad Algorítmica, trata de rediseñar el corazón del sistema tributario para gravar la nueva fuente de riqueza: el valor algorítmico.
La necesidad de adaptación no es nueva. Nicholas Kaldor (1955) ya argumentaba que los sistemas fiscales deben evolucionar con la economía para mantener la equidad. Su idea de gravar el gasto, más que el ahorro, encuentra un eco moderno en la economía digital, la «utilidad» se genera en el flujo de datos y la inteligencia artificial, no solo en la transacción física.
Por lo tanto, la Fiscalidad Algorítmica es, en esencia, un retorno a Kaldor con herramientas del siglo XXI, usar la tecnología para identificar y gravar donde realmente se crea valor hoy, superando las limitaciones de la localización geográfica.
Por su parte, la «destrucción creativa» de Schumpeter (1942) ahora arrasa con modelos tributarios. La innovación tecnológica avanza más rápido que la capacidad normativa del Estado, creando una brecha fiscal peligrosa.
Las teorías del crecimiento endógeno (Aghion, Howitt, Romer) nos dan la clave de que el motor de la economía moderna son las «ideas», bienes no rivales que generan rendimientos crecientes. Un algoritmo puede usarse infinitas veces sin desgastarse.
De esto modo, el desafío fiscal es doble, por un lado, esta incentivar la innovación sin ahogarla con impuestos mal diseñados y por otro, capturar una parte del valor que estas ideas generan a escala masiva, para compensar sus externalidades negativas (como la concentración de mercado o la pérdida de empleos).
Así, la Fiscalidad Algorítmica debe actuar como un faro para orientar la innovación hacia fines socialmente deseables (equidad, sostenibilidad) mientras asegura que sus beneficios se redistribuyan.
En este nuevo contexto, el Estado debe convertirse en un sistema inteligente de coordinación. Para Joseph Stiglitz (2017), el Estado debe corregir las fallas del mercado, y la mayor de ellas hoy es la asimetría de información. Las grandes tecnológicas controlan los datos; los ciudadanos y el fisco están en desventaja. La Fiscalidad Algorítmica es una herramienta para lograr una equidad informativa, usando los mismos datos para proteger el interés público.
De igual manera Joel Mokyr (2016) nos recuerda que el progreso tecnológico es un proceso cultural. Las instituciones dictan si la innovación genera desarrollo o desigualdad. La gobernanza algorítmica debe garantizar que la IA y los sistemas de recaudación sirvan a valores públicos (transparencia, equidad), no solo a la eficiencia contable.
Integrando estas ideas, la Fiscalidad Algorítmica se consolida, por tanto, como la propuesta central de este artículo como un sistema tributario inteligente y adaptativo que, mediante el uso ético de algoritmos y análisis de datos masivos en tiempo real, transita de la mera recaudación retrospectiva a la gestión predictiva y en tiempo cuasi real del ciclo impositivo. Su objetivo es identificar y gravar con precisión las nuevas fuentes de valor digital (como los flujos de datos y la rentabilidad algorítmica), combatir la evasión mediante una fiscalización proactiva, diseñar incentivos tributarios automatizados para la innovación con impacto social, y garantizar una redistribución efectiva de la riqueza generada en la economía intangible, todo ello bajo los principios irrenunciables de equidad, transparencia y capacidad contributiva.
En líneas finales, la Fiscalidad Algorítmica es la evolución indispensable del sistema tributario, de un Estado que utiliza la inteligencia artificial y los datos para garantizar justicia. Se trata de asegurar que las grandes plataformas digitales y las nuevas formas de riqueza algorítmica paguen lo que les corresponde, cerrándole la puerta a la elusión fiscal y redistribuyendo la riqueza en la economía real. Es la herramienta definitiva para hacer que el sistema tributario del siglo XXI sea por fin transparente, equitativo y a la altura de los tiempos.
Es cuánto.
Imagen: De la red.
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