
La desigualdad no surge de manera espontánea ni exclusivamente de las dinámicas del mercado. Su magnitud depende, en buena medida, de las decisiones fiscales, regulatorias e institucionales que adoptan los Estados. Ésta es la tesis central de Joseph E. Stiglitz en La Gran Brecha (2015), donde analiza cómo determinados arreglos de política pública amplían o reducen las brechas sociales y económicas.
Stiglitz desmantela el argumento según el cual la concentración de riqueza favorece el crecimiento. Su revisión empírica muestra que niveles elevados de desigualdadpueden limitar la movilidad social, reducir la eficiencia económica e incluso distorsionar el funcionamiento institucional. Cuando la estructura fiscal se orienta de manera desigual, sus efectos no se reflejan solo en la distribución del ingreso, sino también en la organización política y en la forma en que operan las instituciones.
Un punto central del autor, y particularmente relevante para México, es que los impuestos no deben entenderse únicamente como herramientas recaudatorias. Constituyen la base del contrato social, y su diseño define cómo se distribuyen cargas y beneficios dentro de una comunidad. En contextos donde predominan impuestos regresivos o donde el capital se grava de manera limitada, la capacidad redistributiva del sistema se reduce y se generan incentivos que pueden profundizar las brechas existentes. Las dinámicas de elusión corporativa global y la baja tributación de los beneficios derivados de la economía digital ilustran esta tendencia.
La discusión adquiere una nueva dimensión con el avance de la inteligencia artificial. Las innovaciones tecnológicas han generado nuevas formas de creación de valor basadas en datos, algoritmos y plataformas digitales. Si estos procesos no se integran adecuadamente en el sistema fiscal, es previsible que se amplíen tanto las brechas económicas como las tecnológicas. Este punto es particularmente relevante en el marco de mis estudios doctorales, orientados al análisis de la capacidad contributiva en entornos digitales. Para responder a este reto, resulta necesario desarrollar métodos de medición, valoración y tributación que identifiquen correctamente la riqueza generada en ecosistemas digitales. En este contexto, la fiscalidad algorítmica (entendida como la capacidad de diseñar impuestos que capturen el valor creado por la IA y los datos) se presenta como una vía para actualizar los mecanismos tributarios frente a las nuevas formas de producción.
A partir del análisis de Stiglitz, se plantea un reto claro para México, como lo es definir un sistema tributario que responda a las condiciones actuales. Ello implica fortalecer la progresividad, revisar los tratamientos aplicables al capital, actualizar la base gravable en un contexto digital y considerar esquemas que integren la capacidad contributiva derivada del uso intensivo de tecnologías avanzadas.
En un escenario global caracterizado por cambios tecnológicos acelerados y por procesos económicos cada vez más interdependientes, resulta pertinente replantear el contrato fiscal. Más que incrementar la carga tributaria por inercia, se requiere ordenar, actualizar y hacer coherente el sistema para que responda a las necesidades públicas y a las transformaciones de la economía digital. Esto incluye analizar la tributación de grandes plataformas, fortalecer la cooperación internacional contra la erosión fiscal y diseñar una política tributaria que integre a la inteligencia artificial como un factor generador de valor económico. Un contrato que ponga a la tecnología al servicio del bien común, y no al servicio exclusivo de la acumulación de capital.
En líneas finales, coincido plenamente con Stiglitz en que la desigualdad es, ante todo, una decisión política. Y de la misma manera, la búsqueda de la igualdad también lo es. Esa decisión se materializa de forma ineludible en el diseño de nuestro sistema tributario. Es en este terreno donde México debe definir su futuro, o bien reproducimos y ampliamos la gran brecha, o la cerramos mediante la construcción de un sistema fiscal progresivo, moderno y consciente de los desafíos tecnológicos.
Es cuánto.
Imagen: ADCO.
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