«El poder tecnológico adquiere un rostro inédito, predominantemente privado,
y por ello aún más difícil de discernir, gobernar y orientar hacia el bien común.»
—León XIV, Magnifica Humanitas.

Imagen: de la red.
Hay preguntas que la tecnología formula pero que solo la ética y el derecho pueden responder. ¿A quién pertenece el valor que genera un algoritmo? ¿Quién paga el costo del trabajador desplazado? ¿Qué parte de esa riqueza digital debe regresar al bien común? La encíclica Magnifica Humanitas, publicada el 25 de mayo de 2026 por León XIV, llega en el momento preciso para recordar que estas preguntas no son accesorias al debate sobre inteligencia artificial si no su núcleo más urgente.
Desde la ciencia fiscal, ese núcleo se traduce en una economía algorítmica que genera valor en México (en servicios financieros, comercio electrónico, logística, publicidad digital, salud y educación), pero los marcos tributarios vigentes fueron diseñados para una economía industrial que poco a poco se ve rebasada. El resultado es una asimetría creciente ya que los contribuyentes tradicionales son cada vez más visibles para la autoridad, mientras las rentas de los grandes sistemas automatizados circulan en márgenes de opacidad que las reglas del sistema tributario actual no alcanzan a cubrir.
León XIV cita dos imágenes bíblicas para leer el presente tecnológico. Babel es el poder que se eleva sin reconocer límites, la uniformidad que aplana diferencias, la pretensión de un lenguaje único capaz de traducirlo todo (incluso la dignidad de la persona) en datos y rendimientos. Jerusalén, en cambio, es la reconstrucción comunitaria, paciente, corresponsable, orientada por la justicia. La encíclica advierte que la primera elección no es entre decir sí o no a la tecnología, sino entre construir Babel o reconstruir Jerusalén.
Traducida al lenguaje fiscal, esa advertencia tiene una precisión, por un lado, una economía algorítmica sin reglas es Babel al concentrar datos, plataformas y capital tecnológico en pocas manos; rentas extraordinarias que no retornan al erario; costos sociales que se trasladan al Estado y a las familias. La encíclica lo dice con claridad en su Capítulo Cuarto: “las diversas formas de precariedad, la fragmentación de las trayectorias profesionales y la automatización no pueden evaluarse únicamente en términos de eficiencia, sino partiendo de la dignidad del trabajador” (párr. 37). Por lo tanto, la fiscalidad de la inteligencia artificial no es un tema técnico que deba esperar a que madure el debate internacional. Es un tema urgente de justicia distributiva que el Estado mexicano no puede postergar sin hacerse cómplice de esa transferencia silenciosa de costos.
Magnifica Humanitas no propone detener la tecnología; propone gobernarla. Su llamado a “instrumentos normativos adecuados, capaces de salvaguardar la justicia” (párr. 5) es también un llamado a la política fiscal. Y gobernar, en este contexto, significa al menos cuatro cosas concretas. Significa, primero, definir cuándo un sistema de inteligencia artificial produce riqueza fiscalmente relevante en México, independientemente de dónde esté el servidor. Segundo, diseñar mecanismos de atribución de beneficios que reconozcan que el valor en la economía digital no nace solo del capital o del algoritmo, sino también de los datos que aportan los usuarios. Significa, tercero, condicionar los incentivos fiscales vinculados a tecnología a criterios verificables de empleo digno, reconversión laboral y sostenibilidad ambiental. Cuarto, dotar al SAT de las facultades y la capacidad técnica para auditar decisiones algorítmicas con impacto económico.
Hay una imagen en Magnifica Humanitas que merece una última lectura desde la ciencia fiscal. La encíclica recuerda que Babel se derrumba no por falta de ambición tecnológica, sino porque fue construida sin referencia al otro, sin comunión, sin responsabilidad compartida. Y que Jerusalén se reconstruye no con un plan grandioso, sino cuando cada uno asume su tramo de muralla.
En líneas finales, desde la ciencia fiscal la tarea no es detener la inteligencia artificial. La tarea es gobernarla con derecho, fiscalidad, auditoría, ética pública y visión de Estado. Tal como señala Magnifica Humanitas, la obra de nuestro tiempo exige que cada uno asuma su tramo de muralla, esto es que el algoritmo no oculte al contribuyente real, que la eficiencia no borre al trabajador, que el dato no anule a la persona y que, sobre todo, la riqueza digital también contribuya al bien común.
Es cuánto.
Alma Cienfuegos | Reflexiones desde la Ciencia Fiscal.
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