
Imagen generada con IA.
Hace unos días, mientras observaba un partido del Mundial, me sorprendió pensar que los millones de personas que seguían el encuentro estaban atentos al mismo balón, pero muy pocos pensaban en el flujo de recursos que se movía detrás de cada jugada. Cada boleto vendido, cada reservación de hotel, cada viaje en plataforma digital, cada anuncio personalizado en redes sociales y cada transmisión por streaming formaban parte de una economía que difícilmente cabe ya en los conceptos tradicionales de la tributación. La Copa Mundial de 2026 será recordada por varias razones. Es la primera organizada conjuntamente por tres países, amplía la participación a cuarenta y ocho selecciones y vuelve a colocar a México en el centro del escenario internacional. Pero cuando el último silbatazo marque el final del torneo, las estadísticas deportivas comenzarán a perder protagonismo y permanecerá una pregunta mucho más relevante para quienes estudiamos la Ciencia Fiscal: ¿cuál será el verdadero legado del Mundial para las finanzas públicas mexicanas?
Desde la Ciencia Fiscal, un Mundial constituye un fenómeno extraordinario de generación, circulación y apropiación de riqueza. Durante pocas semanas convergen inversión pública, capital privado, plataformas digitales, mercados financieros, derechos audiovisuales, propiedad intelectual, comercio internacional y millones de operaciones con implicaciones tributarias. El Estado enfrenta, en suma, una versión intensificada de la economía del siglo XXI. Durante décadas, la riqueza fue relativamente sencilla de localizar, se generaba en fábricas, comercios y establecimientos permanentes, donde también estaban los contribuyentes. Esa lógica ha cambiado. Una parte creciente del valor económico asociado al Mundial ya no se genera exclusivamente en los estadios, sino en algoritmos que personalizan publicidad, plataformas que intermedian hospedaje y transporte, sistemas que optimizan campañas comerciales y transmisiones que cruzan fronteras en tiempo real. El valor ya no descansa únicamente en activos físicos, sino cada vez más en activos intangibles y en el tratamiento estratégico de la información.
Aquí surge uno de los mayores retos de la hacienda pública contemporánea. Los sistemas tributarios fueron diseñados para gravar actividades vinculadas a una presencia física y a una delimitación territorial relativamente clara. Sin embargo, buena parte del valor generado durante el Mundial es capturado por empresas globales cuya presencia material en el país puede ser mínima, aunque su participación en los ingresos sea considerable. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos ha advertido que la digitalización de la economía obliga a replantear los criterios tradicionales de tributación, pues el valor puede generarse en una jurisdicción distinta de aquella donde finalmente se gravan las utilidades (OCDE, 2021). México dio un primer paso parcial en 2020, al gravar con IVA los servicios digitales prestados por plataformas extranjeras; pero ese ajuste, pensado para el consumo, dice poco sobre cómo atribuir la renta que generan los algoritmos que deciden qué anuncio mostrar, qué precio fijar o qué habitación recomendar durante un evento de esta magnitud.
El reto para México no consiste, entonces, únicamente en incrementar la recaudación derivada del turismo. La cuestión de fondo es identificar dónde se genera el valor, quién lo captura y bajo qué principios debe contribuir al sostenimiento del gasto público. Si los algoritmos, los modelos de inteligencia artificial y los activos digitales participan de manera decisiva en la generación de riqueza, resulta pertinente preguntarse si los sistemas tributarios deben seguir descansando exclusivamente en criterios de presencia física, o si deben reconocer también nuevas manifestaciones de capacidad económica derivadas del procesamiento masivo de datos y la automatización inteligente. Ya León XIII advertía, al observar la transformación de la producción en su tiempo, que los cambios en el modo de generar riqueza reconfiguran también las obligaciones de justicia entre quienes la producen y la comunidad que la sostiene (León XIII, Rerum Novarum, 1891). Más de un siglo después, la encíclica Magnifica Humanitas retoma esa misma intuición ante un poder tecnológico de rostro inédito y predominantemente privado, y llama a orientarlo hacia el bien común precisamente porque su difícil visibilidad lo vuelve más urgente de discernir y gobernar (León XIV, Magnifica Humanitas, 2026).
El Mundial ofrece un escenario privilegiado para observar esta transformación. Millones de decisiones de consumo serán influenciadas por sistemas automatizados; la publicidad será cada vez más personalizada; las plataformas administrarán reservas, pagos y desplazamientos; los modelos predictivos ajustarán precios en tiempo real y la logística del torneo dependerá crecientemente de tecnologías inteligentes. Paradójicamente, una parte significativa del valor será generada por tecnologías que los marcos tributarios apenas comienzan a incorporar en sus análisis, y esa opacidad no es neutral tal y como advierte Stiglitz (2015), la concentración de las rentas ligadas al control de la información y la tecnología tiende a profundizar la desigualdad cuando no existe un marco institucional capaz de redistribuirlas.
Por ello, el legado del Mundial no debería evaluarse únicamente por el número de visitantes, la ocupación hotelera o las estimaciones de derrama económica, sino por la capacidad institucional que México desarrolle para administrar esta nueva realidad, tales como, una fiscalización inteligente, uso de analítica de datos por parte de la administración tributaria, cooperación internacional en materia fiscal, regulación de plataformas digitales y transparencia del gasto público. Musgrave (1959) sostenía que la hacienda pública cumple tres funciones esenciales, asignar eficientemente los recursos, redistribuir la riqueza y preservar la estabilidad económica; en el contexto de la economía digital cabría añadir una cuarta, comprender cómo se genera el valor y asegurar que esa nueva capacidad contributiva encuentre una expresión justa dentro del sistema tributario. En la misma línea, Buchanan y Tullock (1962) recordaban que toda decisión pública obliga a preguntarse quién asume los costos y quién recibe los beneficios; aplicada al Mundial, esa reflexión conserva plena vigencia. Si una parte del financiamiento proviene del erario, la sociedad tiene derecho a saber si los beneficios alcanzan efectivamente al interés público o si terminan concentrados en actores particulares.
En líneas finales, al concluir la justa mundialista, el campeón levantará una copa. Para la Ciencia Fiscal, sin embargo, el resultado verdaderamente trascendente será otro. El éxito del Mundial no dependerá únicamente de la calidad de su organización ni del espectáculo ofrecido en la cancha, sino de la capacidad del Estado para transformar un acontecimiento deportivo en instituciones más sólidas, una administración tributaria más inteligente y una hacienda pública preparada para los desafíos de una economía cada vez más gobernada por algoritmos. Ese, y no el marcador final del torneo, será el resultado que realmente importe para México.
Es cuánto.
Alma Cienfuegos | Reflexiones desde la Ciencia Fiscal.
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